sábado, 16 de agosto de 2014

Lección 5: El mar de los rechazos

-Es cuestión de poner las cosas en su lugar de acuerdo a las estadísticas- es lo que responde el flaco cada vez que le preguntan por los rechazos amorosos, esos fantasmas siempre al acecho. Después se toma un sorbo de café arqueando una ceja, y respira tan calmado como antes de recibir la pregunta. Cualquiera diría que a este tipo no le afectan los "no" como respuesta.
El flaco sostiene que el mundo es perfecto y que nada pasa sin que se le haga justicia. Y aunque no le gustan las matemáticas, echa mano de ellas en este caso.
-¿Cuántas mujeres te han rechazado en toda tu vida?- desafía, mientras mira de reojo a dos chicas que conversan en la vereda de enfrente. Si el interlocutor es sincero, tendrá que admitir que son incontables.
-Ok- prosigue el flaco -entonces es el momento de desmitificar el rechazo. Esa chica que te dijo que no, acaba de unirse a una cantidad innumerable de otras chicas más o menos feas que ella que hicieron lo mismo antes que ella; y otras tantas vendrán y lo harán después. Con un simple plumazo acaba de pasar de ser la única a la que querías y todo eso que dicen los enamorados... a ser una más entre miles. Que ella se haga cargo de eso. No es justo que siempre seamos nosotros los que lo tenemos que llevar sobre nuestras espaldas.
Una de las chicas de enfrente, la más linda, que lleva un jean ajustadísimo y un cabello larguísimo que parece sacado de un animé japonés, se da cuenta de que el flaco las está mirando. Le da un codazo a su acompañante, y ambas miran de golpe para otro lado.
-El mundo ha evolucionado lo suficiente como para que dejemos de preocuparnos por los rechazos. En todos ellos, además, hay una especie de distinción. No son tantos los candidatos que esa mujer rechazará en su vida. Por muy bella que sea, sus números no llegarán nunca a ser tan abultados como la cantidad de mujeres que me han rechazado a mí.
Y ahora sí el flaco toma el último sorbo de la taza y baja la vista, como leyendo en la borra de café la épica historia de batallas perdidas que cada hombre tiene, y él también debe tener.
Cuando levanta la vista y vuelve a poner los ojos en la calle, las dos chicas están yéndose. Justo antes de que salgan de nuestro ángulo visual, la del jean ajustado vuelve la cabeza, mira fijo al flaco, y se pierde para siempre.
Cualquiera diría que en esos ojos hay un rastro de melancolía indisimulable, infinita.
Tal vez la intuición le diga que con ese último paso que la sepulta en el abismo vertical del marco de la ventana, se sumerge en un mar de mujeres anónimas y sin rostro que pasaron y ahora son sólo un leve recuerdo en la mente de alguien a quien dejaron ir sin siquiera llegar a conocerlo.

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